El fulgor en el cielo

Oh Dios, ¿es... Es... Will?

Ya sea por haraganería, o por simplemente crecer, nos hemos olvidado de ver el mundo con los ojos de niños de varios ayeres: siempre buscando la explicación a las trivialidades que la delicada vida nos presentaba, y jugábamos sin temor a perder. Eramos inocentes, y de pronto la madurez me parece el verdugado hermano mayor del primero en mención. La inocencia rescataba nuestra alma, era de por sí, el pizarrón sin marcas ni huellas. Con nuestros propios sentidos íbamos trazando brochada a brochada, cincel a cincel, las explicaciones que, aunque no llegasen a ser las correctas, nos llenaban de felicidad al cumplir con un deseo de búsqueda de una respuesta.

El día de ayer me preparaba para viajar 5 horas en auto para grabar lo que sería la continuación de uno de los discos del grupo con el que me comprometí a terminar el material, tanto a manera de composición, como de interpretación. Desperté, sí, pero estaba destruido. Dormí, por lo mucho, unas 5 horas. Al despertar, me levanté, y me cepillé los dientes, volví al cuarto, acomodé la cama y me dirigí a la cocina para preparar mi desayuno. La novia de mi hermano estaba en casa y me dio los buenos días, por lo que le respondí con un más cálido “buen día, mademoiselle”.

Es broma, repliqué lo mismo. 🙂

Después de preparar mi desayuno, fui hasta el comedor, encendí el abanico de techo, y como tengo la costumbre de no comer hasta pensar muy bien en lo que significaba esa comida, al sentarme me quedé largo rato pensando. Vi el resplandor de un joven sol en el cielo adentrándose por la puerta principal de la casa. Vi a mi alrededor, y me di cuenta de que probablemente no seríamos nada sin aquel sol. Todo cuanto vemos en la noche y el día es producto de la luz, y sin luz, no podemos ver el destello en los ojos de quién amamos, o los veloces caballos correr, inspirando así a sensibles hombres a domar estas bestias. Sin luz no tendrían sentido las letras escritas en esta pantalla donde me lees, y no tendría sentido vivir aferrados a un estilo de vida, tanto superficial, como ególatra. [De alguna forma siento que dije lo mismo. De ser así, me disculpo.]

Desde ayer me he visto en la necesidad de pensar que somos criaturas brillantes, tenemos capacidades suprahumanas, tenemos un sensible corazón, tenemos personas que nos rodean, tenemos comida, un hogar que nos da calor en las noches, y tenemos el legado de seres que han vivido en el pasado, quienes nos prestan sus vidas al leer sus libros. Tenemos tantas cosas a favor, que no puedo encontrar la explicación lógica a esto: ¿cómo es que la única flama que motiva al gran porcentaje de humanos que comparten este hábitat conmigo, es la flama del odio, de la envidia, de la venganza y de todo lo que nos mueve a terrenos nada pulcros? Allí me cuesta comprenderlos a ustedes, mis hermanos, mis hermanas. Somos capaces de entender estas letras, pero cuesta entenderlas y aplicarlas…

Mi desayuno fue ameno, con el sol y la soledad como invitados de gala. La comida, casi fría, como el mundo hoy en día. Como las comidas, el mundo necesita personas despiertas, conscientes, capaces de entender el significado del verbo actuar, y aplicarlo.

Hay demasiadas personas que hablan de Dios, de corrientes de vida prestadas, pero sé que el bien está disperso como el calor de mi sencilla alimentación en mi hogar por el abanico.

No les pido que hagan lo bueno por pensar en la paga de actuar de tal forma, les pido que escuchen a su corazón, que aunque exhale hálitos delicados por estar moribundo, aún sigue siendo suyo, solo ustedes pueden escuchar las palabras que albergan en su interior. Dejen que el sol toque su ser, para que el fulgor del cielo pueda hacerlos despertar de ese cadáver con el que tanto esfuerzo caminan.

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