17 de Agosto | Parte 2

Había visto a una distancia de unos 4 metros a este hombre con su piel oscura por un sol exquisito, pero que me preocupaba un poco. Fui hasta donde él, y con timidez lo abordé:

— Disculpe, ¿me puedo sentar aquí?

— ¿Qué? ¿Acaso esto no es un espacio público?

El hombre sonó rudo, pero decidí sentarme. Lo peor que podía suceder era que me golpeara, o que encendiera su cigarro y se alejara, o que me insultara. No me importaba en absoluto. Empezamos a conversar, yo escuchando sobre su hijo, y él ocultando su paquete de cigarros en su camisa de cuadros verdes oscuros. Era un tipo severo, con mucha seguridad en sus palabras. Me agradaba escuchar su voz, porque sentía que disfrutaba del ser escuchado. Lentamente este personaje me contó sobre su pasado, y yo lo escuchaba. Me contó que fue guitarrista, y le dije que yo lo era. Hablamos un poco de las octavas, de que podía ser profesor de música, y de pronto hizo una confesión. El señor me contó de su salud, que disponía de una buenísima salud, pero una vez quiso destruir lo que quedaba en él. Suicidarse. Me contó que su esposa lo había dejado por otro tipo. Tomó un revolver, y se lo puso en la cien. Estaba tan absorto en sus problemas, que por un segundo más, hubiese halado el gatillo. Fueron sus dos hijos quienes le hicieron recapacitar sobre su decisión. Estaban presentes en su mente, pero no junto a él.

Le hice ver mi punto de vista del suicidio. El suicidio es una solución permanente a un problema temporal. Hablé un poco más, pero solo lo suficiente. Le dije que yo había intentado acabar con mi vida, pero cada quién se complica la vida a su modo. Le dije que a mi me encanta complicarme la vida, que es algo innato, algo que disfruto hacer, pues es mi status quo, mi centro, mi más hábil distracción. Y le conté que cada decisión que tomamos nos lleva a una consecuencia, y que hoy, por no oprimir ese gatillo, me permitió a mí conocerlo. Conocí muchas otras cosas del señor, pero permítanme explicarles lo más importante de lo que aprendí con la plática.

Como le dije al señor, la vida es como un camino, y pueden haber rocas que te hagan tropezar, pero si te quedas viendo las rocas, encima que es estúpido ver una roca, pierdes el tiempo. La vida ofrece muchas dificultades, muchos problemas, ¿pero qué sería de un camino sin sus piedras?

Las drogas, el alcohol, todas esas mamadas son tomadas para olvidar la realidad por instantes, para olvidarse de que no tienen problemas, de que no hay más nada en qué preocuparse, y tienen razón, no hay mejor forma de huir, de escapar de lo que daña algo en nosotros. Pero cuando regresas a tu realidad, los problemas siguen allí, como un mounstruo que sale detrás del armario y temes enfrentar. El problema es que los problemas se acumulan. Los débiles de espíritu son los que fácilmente caen en las pequeñas trampas que nos pone la vida. Son trampitas, y luego dentro las quieren como un hogar. Las defienden como sus horas de sueño, pero sigamos.

No se debe prejuzgar, ni juzgar, ni postjuzgar a alguien por lo que haga en un momento dado. El señor de sesenta años que conocí hoy me llamó amigo, y yo no puedo más que aceptar lo que es aquella persona, y si desea superar sus problemas, puedo darle empujones, pero el que se mueve en el camino de la vida, es uno mismo. El que se suicida tiene sus razones (estúpidas, pero en fin, las tiene), el que roba tiene sus razones, y hago hincapié en esta parte, pues los malechores solo actúan, pero nadie toma en cuenta sus motivos. Todos ignoran sus motivos, y de hecho todos tratan a los delincuentes como seres con lepra. Maldición, son seres humanos que no han tenido y probablemente nunca tendrán atención. Si alguna vez pudieran ver La Vida Loca de Christian Poveda entenderían que algunas personas no tienen otra opción que ser vándalos. Nadie les dá otra opción, porque muchos nacen siendo algo no deseado, nacen en familias pobres o son los subyugos de familias pobres. Y yo admiro a los que arduamente sacan sus sustentos, aunque pocos, para llevarlos a casa y comer. Recuerdo haber conocido a un vendedor ambulante y a otro tipo con él, que preferían ganar poco y comer arroz con huevo para él y su familia, que robar. La ética se enseña en casa, y si no quieres crear a una estadística negativa en la sociedad, préstale atención a lo que tienes a tu lado, y no es solamente a tu hijo, hermano, sobrino, sino en general, a tu comunidad, a tus amigos, a tus enemigos. No prejuzgues, juzgues ni postjuzgues si no harias nada por solucionar lo que hacen de quienes tanto hablas.

Siempre, siempre que puedas, ayuda a quien lo necesita. Muchos no quieren dinero. Muchos quieren un abrazo; otros ser escuchados; otros, silencio. Todos somos diferentes, y mientras más entendamos esto, que somos diferentes en nuestra individualidad, y comunes en nuestras necesidades, más querremos ayudar a los demás.

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