17 de Agosto | Parte 1

Desperté con la intención de un optimista, a pesar de ser un positivista; un realista. Dí los buenos días a la señora Nani, en un trayecto que me conduciría hasta la mesa.Un plato modesto junto a unos panes algo frescos eran lo que adornaban el plato que, en breve, limpiaría con la eficacia de un Vel. Terminé de comer, y mientras una cosa me llevaba a la otra, ví mi abanico: repleto de polvo, del descuido de varios ayeres. Me dije: “No dejaré que esa mocosa llamada pereza lo arruine”. Tomé el aparato, y salí junto a el hasta el patio. Con mi destornillador, y un trapo, me dispuse a hacerle la limpieza que merecía con tanta convicción como un baño mío en estos momentos. Al terminar de limpiarla, me pude percatar de que algo en mí había crecido, había logrado superar mi adversidad, mis solas ganas de postergar. Recuerdo haber almorzado, y que después conversé con mi abuela sobre las cosas buenas que los ayeres nos habían hecho, naciendo entonces la nostalgia. Somos fríos como la verdad. Me gusta la verdad. Los minutos pasaban rápido, y es que cuando disfrutas de hacer algo, el tiempo parece que llegó, y no te enteras de cuando se fue. Recuerdo haber hecho ejercicios, como pegar 175 saltos, 30 tijeras con ambas piernas, 15 pechadas y 15 estirones. Lo sé, no soy muy aplicado en esto, pero apenas y empecé hace unos 3 o 4 días. Luego de mi baño, me dispuse a caminar hasta la lápida del desaparecido ser que aún llamo abuelo. Fue una caminata de unos 20 minutos por las calles del pueblo que me vió crecer, pero fue una amena caminata. Las personas iban en automóvil, en bicicletas, a pie, o se transladaban por otras dimensiones, quien sabe si leyendo, o viendo novelas, haciendo el amor, gritando te odios. La vida, uno no la ve tan bonita hasta que se detiene a verla con sus retoques, maquillajes, y en el mejor de los casos, sin arreglos. Llevaba gafas oscuras, pues el andar se topó con la hora de un sol opacado por nubes grises, pero las veía necesarias en mi rostro. Cuestiones estéticas de chico raudo. Estaba de frente a la recta que me llevaba al cementerio. Caminé, llegué, y entonces me quité las gafas: “Tierra santa”. Me parecía solo un espectáculo cruel contra los que mueren. Trataba de recordar el camino a su lápida, mientras leía nombres de personas que existían, pero que ahora unos muros vigilan su estadía en la tierra que me espera. Allí encontré su nombre, y no pude evitar sentir cierta compasión al ver las iniciales coincidentes con las mías. Menuda casualidad, o una jugada viva de las divinidades. Me senté en el caliente piso por unos instantes. El cementerio estaba vacío en ese momento, y de hecho lo estaba. Era yo, mi abuelo y los demás muertos, pero eramos él y yo. Le preguntaba: “¿Porqué no fuiste tan fuerte?”. Mis ojos apenas y se aguaron, y le impacté una delicada patada a su lápida: “Nos vemos”. Caminé por espacio de 20 minutos más hasta llegar a una tienda, en donde buscaba alguna zapatilla para correr, pero habían demasiados artículos, muchas marcas, y ninguna zapatilla de segunda para correr. Tenía pensado ir hasta otra tienda y comprarme así unas zapatillas, pero desvié mi mirada hasta El Club De Los Españoles. Al llegar, la tierra estaba mojada, y me iba a impedir correr como tenía previsto. Caminé hasta Hawaii, donde me compré un chocolate Crunch, pues era el único que había (y el sabor que más me gustaba). Salí, y me encaminé a una tienda cultural llamada “El Agropecuario”. Veía libros de la talla de Ted Dekker, Coelho, y otros autores populares que tanto les gustan a los jóvenes de hoy. No quería un libro, buscaba algo más. Me encontré con unos canvas, y los tomé. Luego encontré libros de otras editoriales no tan afortunadas como De Bolsillo, Océano o las que sean. Allí me encontré con un tío, que me habló de sus buenos y malos momentos de su adolescencia, como que tuvo que dramatizar uno de los tantos cantos del Mío Cid, o de la literatura medieval y cómo se le hizo fácil desarrollar preguntas en su parcial de filosofía. También me encontré con unos ojos achinados y oscuros que me enamoraron en mi adolescencia. De allí me fui con un set de pinceles, acuarelas, carboncillos y canvas, contando además con un borrador de masilla, y el cantar del Mío Cid, desde luego. No sabía qué demonios hacía. Salí y caminé hasta el cercano parque, y me senté en una de las bancas, pero me moví una, y otra, y otra vez hasta que me topé con un chico que me habla. Platicamos un poco, y este se fue. Luego llegó otro, quien estudia química en la Universidad Nacional. Hablamos un poco de la vida, de cuánto uno aprecia lo nacional cuando viaja a otro país, de lo hermosas que son las ticas, y de la música. Para el instante en que escribo esto, no tengo baterísta, y creo tener la solución, pero ya veremos. El chico recibió una llamada, y luego de unos 30 minutos de amena plática, tomó su rumbo. Miré alrededor, y ví a un tipo con unos cigarros. Algo en mí me decía que fuera hasta donde él, y así lo hice:
— Disculpe, ¿me puedo sentar aquí?
— ¿Qué? ¿Acaso esto no es un espacio público?
El tipo sonaba grosero, pero tenía sus motivos. Les contaré el resto de la historia en la segunda parte. Allá nos vemos.

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