Las manecillas de Pierrot; Parte 1

Era fría la angustia que se respiraba aquella sombría noche de invierno en Goddfried Avenue. Pocas almas divagaban entre la penumbra de aquella avenida, y el sol se convertía pronto en el Dios al que clamaban sus habitantes.

Pierrot, el tipo alto y de rasgos macizos, cargaba encima poca ropa, la suficiente para sobrevivir a una temperatura mucho más cálida, pero Alemania atarugaba sus pulmones de ayuda, de un hogar, de un servicio de calefacción.

Moría del frío. Y es que Pierrot es un tipejo de 16 años, rebelde como las truchas danzando a la inversa del río, a la inversa de su madre. Sí, digo madre, pues el pobre perdió a su humano abrazo masculino en un atraco, cuando estaba por Francia. Los periódicos que sus recuerdos asimilaron en aquella ocasión decían que quiso detener al agresor mientras amenazaba con dispararle a una tipa de unos cincuenta años de edad. Cuando se distrajo, se abalanzó hacia él, y rápidamente le dio un golpe, y otro, y otro. Pero el tipo le metió una patada en el abdomen, dejando sin aire a Sergio, el padre de Pierrot. El vándalo rápidamente tomó el arma, se puso en pie, y le apuntó.

Seis balas.

Moría ahora con el recuerdo del último cumpleaños que pasó con su padre, justo antes de marchar a Francia, y descubría que vivía dada la gruesa lágrima que con dificultad transitaba su mejilla derecha.

Nunca se llevó bien con su madre, y apenas supo lo que le ocurrió a su padre, marchó de casa sin un rumbo específico. Un águila arpía en territorio de quetzales.

Él no estaba solo en la avenida. Estaba junto a Margarett y a Mike, dos chicos de su edad, y con quienes rápidamente hizo amistad al llegar a la nueva ciudad.

Margarett, con un cigarro en la boca, vió al afligido Pierrot y le preguntó:

— ¿Qué? ¿Otra vez pensando en tu padre?

Se limpiaba las mejillas y dijo:

— S-si. Ya se me pasará.
— Eso espero.
— Pasa el poro, estoy que me muero del frío.
— Aquí tienes, mini-héroe.

Pierrot sonrió. No fue en vano lo que arriesgó el padre para salvar a la señora, pues la valentía de Pierrot se observaba a leguas.

Un día, dos adultos empezaron a molestar a Margarett. Él la veía a lo lejos, pero se dio cuenta que las cosas no iban bien apenas empezaron a tocarla. Pierrot le dijo a Mike que tenían que hacer algo al respecto. Su plan era que Mike se llevara a Margarett mientras Pierrot distraía a los tipos, pero las cosas no salieron como esperaba. Mike pudo llevarse a la chica, pero a Pierrot lo agarraron y lo metieron en un callejón. Margarett y Mike estaban asustados, y cuando salieron los tipos del callejón, entraron. Pierrot estaba tirado en un basurero, con el rostro casi completamente rojo, las ropas rasgadas, y un hilo de sangre en su labio izquierdo.

— No se preocupen, ya sanará.

Luego contaría que los provocó para que no volvieran por los lares, y pensaba huir, pero le pegó a uno. Desde entonces, todos los chicos de la Avenida lo apodan, el mini-héroe.

En aquel callejón de la Goddfried Avenue, Pierrot y Margarett esperaban a Mike por algo de comida y el combustible para encender su tanque, y así olvidar el tema del frío por una noche más.

El tiempo pasaba, pero lo único que aumentó fue la angustia de ambos, pues Mike Nicholson jamás apareció.

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