Formas de esclavitud

Un pecador irredento es lo que soy, de cierta forma parecido al brillante artículo sobre la pobreza escrito por Mónica Miguel, pero de otra forma muy distinto a ella. He estado en los dos años más extraños de toda mi vida, y todo se debe a mis dificultades por comprender lo que debía hacer, hacia dónde quería ir, dónde quería estar. Estas preguntas jamás me las había hecho, sí sabía lo que me gustaba, y eso ocasionó la disputa entre ideas en mi mente.

En este preciso instante, el jefe de una de las compañías para la que trabajo ingresa por la puerta principal al cuarto donde normalmente trabajo. En breve me saludará, y le responderé. Sí, un apretón de manos. Esta persona de aspecto macizo tiene una gran diferencia conmigo: tomó las riendas de su destino, y hoy es lo que tanto quiere ser.

Lo que busco ofrecer con este despilfarro innecesario de palabras, es decirles que si no se escuchan a ustedes mismos, si no distinguen entre lo vago de ejercer una profesión solo por el dinero y el vivir lo que se hace, acabarán en una situación similar a la mía: con alguien que decide qué debes hacer para generar tu propio sustento. Hay que atreverse a ser sinceros con uno mismo, tanto a la hora de decidir que harás con tu vida, como en momentos donde decirla pueda afectarte. La verdad libra a la mente de esa forma de esclavitud llamada remordimientos.

Aveces entro en Twitter y no me siento completamente a salvo allí. Creo que así se sienten los que escapan de su realidad con sus vicios… Haré algo que sé que me costará demasiado: renunciar a mi vicio, no reprimirme, más bien comprender el porqué, y ofrecerme una alternativa. [nota: a este punto del post, hilvanar sintagmas me cuesta con los continuos cambios de armonía de Native Construct.Disculpen si me desvío un poco del main topic.]

Siento que sufro, pero la única forma de que pueda superar este sufrimiento, es viéndolo desde tantas perspectivas como pueda. Así lo han hecho grandes mentes de varios periodos de la humanidad, como lo fueron da Vinci y Einstein (aunque en realidad eran preguntas las que veían desde variados puntos de vista).

En resumen: todos somos seres únicos, nacemos, descubrimos para qué somos creados al disfrutar del hacer algo, vivimos la vida siguiendo nuestra propia luz, y entonces jamás morimos, pues dejamos el mayor legado a quienes siguen en esta recta de la vida que es “sigue tu felicidad”.

 

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Donde sea que estés…

Hola. Sé que no sabes quién soy. ¿A quién debería importarle? Estas líneas son minúsculas con respecto a lo que llevo dentro. Sé que entiendes esto mejor que nadie, que… Esperas a alguien, a una persona perfecta para ti. La búsqueda se convierte en un desafío que, en mi caso, ha durado años. Conozco personas imperfectas, si, pues todos lo somos, pero.. Esto es diferente.

Mientras la perfección no llegue a mi lado, me recluiré en un terreno al que llamaré casa, pero no será más que una caja repleta de espacios con polvo, con una gran necesidad de afecto, caricias, luz que ilumina mi rostro para que el abandono pueda sentirse en compañía, aunque tú, querida mía, estés en otro mundo, lejos de este terreno infértil donde solo busco conocerte…

¿Y qué tal si llegamos a vernos? ¿Sabrás quién soy? ¿Dirás: “siento que él escribió aquellas palabras ese lunes de septiembre”? ¿Me hablarías?

Si junto a ti puedo ser perfecto, es porque me completas. Tendría piezas defectuosas, pero tú me ayudarías a armar el cuadro completo. Eso es lo que siento…

Disculpa lo efímero del recado.

Donde sea que estés, te quiero.

El fulgor en el cielo

Oh Dios, ¿es... Es... Will?

Ya sea por haraganería, o por simplemente crecer, nos hemos olvidado de ver el mundo con los ojos de niños de varios ayeres: siempre buscando la explicación a las trivialidades que la delicada vida nos presentaba, y jugábamos sin temor a perder. Eramos inocentes, y de pronto la madurez me parece el verdugado hermano mayor del primero en mención. La inocencia rescataba nuestra alma, era de por sí, el pizarrón sin marcas ni huellas. Con nuestros propios sentidos íbamos trazando brochada a brochada, cincel a cincel, las explicaciones que, aunque no llegasen a ser las correctas, nos llenaban de felicidad al cumplir con un deseo de búsqueda de una respuesta.

El día de ayer me preparaba para viajar 5 horas en auto para grabar lo que sería la continuación de uno de los discos del grupo con el que me comprometí a terminar el material, tanto a manera de composición, como de interpretación. Desperté, sí, pero estaba destruido. Dormí, por lo mucho, unas 5 horas. Al despertar, me levanté, y me cepillé los dientes, volví al cuarto, acomodé la cama y me dirigí a la cocina para preparar mi desayuno. La novia de mi hermano estaba en casa y me dio los buenos días, por lo que le respondí con un más cálido “buen día, mademoiselle”.

Es broma, repliqué lo mismo. 🙂

Después de preparar mi desayuno, fui hasta el comedor, encendí el abanico de techo, y como tengo la costumbre de no comer hasta pensar muy bien en lo que significaba esa comida, al sentarme me quedé largo rato pensando. Vi el resplandor de un joven sol en el cielo adentrándose por la puerta principal de la casa. Vi a mi alrededor, y me di cuenta de que probablemente no seríamos nada sin aquel sol. Todo cuanto vemos en la noche y el día es producto de la luz, y sin luz, no podemos ver el destello en los ojos de quién amamos, o los veloces caballos correr, inspirando así a sensibles hombres a domar estas bestias. Sin luz no tendrían sentido las letras escritas en esta pantalla donde me lees, y no tendría sentido vivir aferrados a un estilo de vida, tanto superficial, como ególatra. [De alguna forma siento que dije lo mismo. De ser así, me disculpo.]

Desde ayer me he visto en la necesidad de pensar que somos criaturas brillantes, tenemos capacidades suprahumanas, tenemos un sensible corazón, tenemos personas que nos rodean, tenemos comida, un hogar que nos da calor en las noches, y tenemos el legado de seres que han vivido en el pasado, quienes nos prestan sus vidas al leer sus libros. Tenemos tantas cosas a favor, que no puedo encontrar la explicación lógica a esto: ¿cómo es que la única flama que motiva al gran porcentaje de humanos que comparten este hábitat conmigo, es la flama del odio, de la envidia, de la venganza y de todo lo que nos mueve a terrenos nada pulcros? Allí me cuesta comprenderlos a ustedes, mis hermanos, mis hermanas. Somos capaces de entender estas letras, pero cuesta entenderlas y aplicarlas…

Mi desayuno fue ameno, con el sol y la soledad como invitados de gala. La comida, casi fría, como el mundo hoy en día. Como las comidas, el mundo necesita personas despiertas, conscientes, capaces de entender el significado del verbo actuar, y aplicarlo.

Hay demasiadas personas que hablan de Dios, de corrientes de vida prestadas, pero sé que el bien está disperso como el calor de mi sencilla alimentación en mi hogar por el abanico.

No les pido que hagan lo bueno por pensar en la paga de actuar de tal forma, les pido que escuchen a su corazón, que aunque exhale hálitos delicados por estar moribundo, aún sigue siendo suyo, solo ustedes pueden escuchar las palabras que albergan en su interior. Dejen que el sol toque su ser, para que el fulgor del cielo pueda hacerlos despertar de ese cadáver con el que tanto esfuerzo caminan.

17 de Agosto | Parte 2

Había visto a una distancia de unos 4 metros a este hombre con su piel oscura por un sol exquisito, pero que me preocupaba un poco. Fui hasta donde él, y con timidez lo abordé:

— Disculpe, ¿me puedo sentar aquí?

— ¿Qué? ¿Acaso esto no es un espacio público?

El hombre sonó rudo, pero decidí sentarme. Lo peor que podía suceder era que me golpeara, o que encendiera su cigarro y se alejara, o que me insultara. No me importaba en absoluto. Empezamos a conversar, yo escuchando sobre su hijo, y él ocultando su paquete de cigarros en su camisa de cuadros verdes oscuros. Era un tipo severo, con mucha seguridad en sus palabras. Me agradaba escuchar su voz, porque sentía que disfrutaba del ser escuchado. Lentamente este personaje me contó sobre su pasado, y yo lo escuchaba. Me contó que fue guitarrista, y le dije que yo lo era. Hablamos un poco de las octavas, de que podía ser profesor de música, y de pronto hizo una confesión. El señor me contó de su salud, que disponía de una buenísima salud, pero una vez quiso destruir lo que quedaba en él. Suicidarse. Me contó que su esposa lo había dejado por otro tipo. Tomó un revolver, y se lo puso en la cien. Estaba tan absorto en sus problemas, que por un segundo más, hubiese halado el gatillo. Fueron sus dos hijos quienes le hicieron recapacitar sobre su decisión. Estaban presentes en su mente, pero no junto a él.

Le hice ver mi punto de vista del suicidio. El suicidio es una solución permanente a un problema temporal. Hablé un poco más, pero solo lo suficiente. Le dije que yo había intentado acabar con mi vida, pero cada quién se complica la vida a su modo. Le dije que a mi me encanta complicarme la vida, que es algo innato, algo que disfruto hacer, pues es mi status quo, mi centro, mi más hábil distracción. Y le conté que cada decisión que tomamos nos lleva a una consecuencia, y que hoy, por no oprimir ese gatillo, me permitió a mí conocerlo. Conocí muchas otras cosas del señor, pero permítanme explicarles lo más importante de lo que aprendí con la plática.

Como le dije al señor, la vida es como un camino, y pueden haber rocas que te hagan tropezar, pero si te quedas viendo las rocas, encima que es estúpido ver una roca, pierdes el tiempo. La vida ofrece muchas dificultades, muchos problemas, ¿pero qué sería de un camino sin sus piedras?

Las drogas, el alcohol, todas esas mamadas son tomadas para olvidar la realidad por instantes, para olvidarse de que no tienen problemas, de que no hay más nada en qué preocuparse, y tienen razón, no hay mejor forma de huir, de escapar de lo que daña algo en nosotros. Pero cuando regresas a tu realidad, los problemas siguen allí, como un mounstruo que sale detrás del armario y temes enfrentar. El problema es que los problemas se acumulan. Los débiles de espíritu son los que fácilmente caen en las pequeñas trampas que nos pone la vida. Son trampitas, y luego dentro las quieren como un hogar. Las defienden como sus horas de sueño, pero sigamos.

No se debe prejuzgar, ni juzgar, ni postjuzgar a alguien por lo que haga en un momento dado. El señor de sesenta años que conocí hoy me llamó amigo, y yo no puedo más que aceptar lo que es aquella persona, y si desea superar sus problemas, puedo darle empujones, pero el que se mueve en el camino de la vida, es uno mismo. El que se suicida tiene sus razones (estúpidas, pero en fin, las tiene), el que roba tiene sus razones, y hago hincapié en esta parte, pues los malechores solo actúan, pero nadie toma en cuenta sus motivos. Todos ignoran sus motivos, y de hecho todos tratan a los delincuentes como seres con lepra. Maldición, son seres humanos que no han tenido y probablemente nunca tendrán atención. Si alguna vez pudieran ver La Vida Loca de Christian Poveda entenderían que algunas personas no tienen otra opción que ser vándalos. Nadie les dá otra opción, porque muchos nacen siendo algo no deseado, nacen en familias pobres o son los subyugos de familias pobres. Y yo admiro a los que arduamente sacan sus sustentos, aunque pocos, para llevarlos a casa y comer. Recuerdo haber conocido a un vendedor ambulante y a otro tipo con él, que preferían ganar poco y comer arroz con huevo para él y su familia, que robar. La ética se enseña en casa, y si no quieres crear a una estadística negativa en la sociedad, préstale atención a lo que tienes a tu lado, y no es solamente a tu hijo, hermano, sobrino, sino en general, a tu comunidad, a tus amigos, a tus enemigos. No prejuzgues, juzgues ni postjuzgues si no harias nada por solucionar lo que hacen de quienes tanto hablas.

Siempre, siempre que puedas, ayuda a quien lo necesita. Muchos no quieren dinero. Muchos quieren un abrazo; otros ser escuchados; otros, silencio. Todos somos diferentes, y mientras más entendamos esto, que somos diferentes en nuestra individualidad, y comunes en nuestras necesidades, más querremos ayudar a los demás.

17 de Agosto | Parte 1

Desperté con la intención de un optimista, a pesar de ser un positivista; un realista. Dí los buenos días a la señora Nani, en un trayecto que me conduciría hasta la mesa.Un plato modesto junto a unos panes algo frescos eran lo que adornaban el plato que, en breve, limpiaría con la eficacia de un Vel. Terminé de comer, y mientras una cosa me llevaba a la otra, ví mi abanico: repleto de polvo, del descuido de varios ayeres. Me dije: “No dejaré que esa mocosa llamada pereza lo arruine”. Tomé el aparato, y salí junto a el hasta el patio. Con mi destornillador, y un trapo, me dispuse a hacerle la limpieza que merecía con tanta convicción como un baño mío en estos momentos. Al terminar de limpiarla, me pude percatar de que algo en mí había crecido, había logrado superar mi adversidad, mis solas ganas de postergar. Recuerdo haber almorzado, y que después conversé con mi abuela sobre las cosas buenas que los ayeres nos habían hecho, naciendo entonces la nostalgia. Somos fríos como la verdad. Me gusta la verdad. Los minutos pasaban rápido, y es que cuando disfrutas de hacer algo, el tiempo parece que llegó, y no te enteras de cuando se fue. Recuerdo haber hecho ejercicios, como pegar 175 saltos, 30 tijeras con ambas piernas, 15 pechadas y 15 estirones. Lo sé, no soy muy aplicado en esto, pero apenas y empecé hace unos 3 o 4 días. Luego de mi baño, me dispuse a caminar hasta la lápida del desaparecido ser que aún llamo abuelo. Fue una caminata de unos 20 minutos por las calles del pueblo que me vió crecer, pero fue una amena caminata. Las personas iban en automóvil, en bicicletas, a pie, o se transladaban por otras dimensiones, quien sabe si leyendo, o viendo novelas, haciendo el amor, gritando te odios. La vida, uno no la ve tan bonita hasta que se detiene a verla con sus retoques, maquillajes, y en el mejor de los casos, sin arreglos. Llevaba gafas oscuras, pues el andar se topó con la hora de un sol opacado por nubes grises, pero las veía necesarias en mi rostro. Cuestiones estéticas de chico raudo. Estaba de frente a la recta que me llevaba al cementerio. Caminé, llegué, y entonces me quité las gafas: “Tierra santa”. Me parecía solo un espectáculo cruel contra los que mueren. Trataba de recordar el camino a su lápida, mientras leía nombres de personas que existían, pero que ahora unos muros vigilan su estadía en la tierra que me espera. Allí encontré su nombre, y no pude evitar sentir cierta compasión al ver las iniciales coincidentes con las mías. Menuda casualidad, o una jugada viva de las divinidades. Me senté en el caliente piso por unos instantes. El cementerio estaba vacío en ese momento, y de hecho lo estaba. Era yo, mi abuelo y los demás muertos, pero eramos él y yo. Le preguntaba: “¿Porqué no fuiste tan fuerte?”. Mis ojos apenas y se aguaron, y le impacté una delicada patada a su lápida: “Nos vemos”. Caminé por espacio de 20 minutos más hasta llegar a una tienda, en donde buscaba alguna zapatilla para correr, pero habían demasiados artículos, muchas marcas, y ninguna zapatilla de segunda para correr. Tenía pensado ir hasta otra tienda y comprarme así unas zapatillas, pero desvié mi mirada hasta El Club De Los Españoles. Al llegar, la tierra estaba mojada, y me iba a impedir correr como tenía previsto. Caminé hasta Hawaii, donde me compré un chocolate Crunch, pues era el único que había (y el sabor que más me gustaba). Salí, y me encaminé a una tienda cultural llamada “El Agropecuario”. Veía libros de la talla de Ted Dekker, Coelho, y otros autores populares que tanto les gustan a los jóvenes de hoy. No quería un libro, buscaba algo más. Me encontré con unos canvas, y los tomé. Luego encontré libros de otras editoriales no tan afortunadas como De Bolsillo, Océano o las que sean. Allí me encontré con un tío, que me habló de sus buenos y malos momentos de su adolescencia, como que tuvo que dramatizar uno de los tantos cantos del Mío Cid, o de la literatura medieval y cómo se le hizo fácil desarrollar preguntas en su parcial de filosofía. También me encontré con unos ojos achinados y oscuros que me enamoraron en mi adolescencia. De allí me fui con un set de pinceles, acuarelas, carboncillos y canvas, contando además con un borrador de masilla, y el cantar del Mío Cid, desde luego. No sabía qué demonios hacía. Salí y caminé hasta el cercano parque, y me senté en una de las bancas, pero me moví una, y otra, y otra vez hasta que me topé con un chico que me habla. Platicamos un poco, y este se fue. Luego llegó otro, quien estudia química en la Universidad Nacional. Hablamos un poco de la vida, de cuánto uno aprecia lo nacional cuando viaja a otro país, de lo hermosas que son las ticas, y de la música. Para el instante en que escribo esto, no tengo baterísta, y creo tener la solución, pero ya veremos. El chico recibió una llamada, y luego de unos 30 minutos de amena plática, tomó su rumbo. Miré alrededor, y ví a un tipo con unos cigarros. Algo en mí me decía que fuera hasta donde él, y así lo hice:
— Disculpe, ¿me puedo sentar aquí?
— ¿Qué? ¿Acaso esto no es un espacio público?
El tipo sonaba grosero, pero tenía sus motivos. Les contaré el resto de la historia en la segunda parte. Allá nos vemos.

Adiós, Facebook.

Hola a todos. Hoy decidí cerrar mi otra cuenta en Twitter, y estaba cerrando mi cuentan en Facebook, cuando me preguntaban el motivo de porqué cierro mi cuenta en su página. Estas fueron mis palabras:

Siempre brindan atención cuando uno está a punto de partir, o hacia una enfermedad más pronunciada, o a la muerte. Puede que muera en este sitio, y ello no cambiará una sola cosa en este servicio.
Se ha vuelto una mezcolanza de datos los que adquieren de cada persona en este sitio, y me he vuelto más estúpido por la dependencia directa a esto. Por eso hoy decido cortar las raíces de mi adicción, de una vez por todas, aunque por primera vez en la vida alguien ajeno a las máquinas me lea.
Alguien muere, y le brindan la atención los medios. Uds son los medios, pero solo soy uno entre un montón que muere a diario. No haré ninguna diferencia, pues busco superarme. Y si esto suena a reproche, tan solo mire la raza de jóvenes que han contribuido a crear.
Estoy quejándome, y ruego a todos los cielos y a todos los infiernos, a Mahavira, a Dalton y a cualquier “horoscopista” que me impida regresar aquí, pues todo lo que obtengo son ganas de entrar un día más, un mes más, un año más, una década más.

Uds van por lo largo, y me agrada que existan personas que obtienen sus sustento a base de una página web de esta trascendencia, pero hemos debilitado nuestras raíces.

Felicidades, les brindo un aplauso vacío, pero un aplauso que todos le dan. Un aplauso que llena de orgullo por lo que hacen. Un aplauso que necesitan escuchar para sentirse vivos. Un aplauso repetido, y sin calefacción.
Si eres hombre o mujer, o un Think Tank o un lemur, no me importa quien seas ni como seas, cómprale un libro a un desconocido, conoce su historia, abrázala, y también te darán ganas de salir de un cuarto donde una máquina oprime letras, o darán ganas de aventar tu teléfono móvil de última generación, o lo que te ligue a un entretenimiento mundano. El mundo está allí afuera, y esta página da la ilusión de que está aquí adentro.

Adiós, Facebook.

Las manecillas de Pierrot; Parte 1

Era fría la angustia que se respiraba aquella sombría noche de invierno en Goddfried Avenue. Pocas almas divagaban entre la penumbra de aquella avenida, y el sol se convertía pronto en el Dios al que clamaban sus habitantes.

Pierrot, el tipo alto y de rasgos macizos, cargaba encima poca ropa, la suficiente para sobrevivir a una temperatura mucho más cálida, pero Alemania atarugaba sus pulmones de ayuda, de un hogar, de un servicio de calefacción.

Moría del frío. Y es que Pierrot es un tipejo de 16 años, rebelde como las truchas danzando a la inversa del río, a la inversa de su madre. Sí, digo madre, pues el pobre perdió a su humano abrazo masculino en un atraco, cuando estaba por Francia. Los periódicos que sus recuerdos asimilaron en aquella ocasión decían que quiso detener al agresor mientras amenazaba con dispararle a una tipa de unos cincuenta años de edad. Cuando se distrajo, se abalanzó hacia él, y rápidamente le dio un golpe, y otro, y otro. Pero el tipo le metió una patada en el abdomen, dejando sin aire a Sergio, el padre de Pierrot. El vándalo rápidamente tomó el arma, se puso en pie, y le apuntó.

Seis balas.

Moría ahora con el recuerdo del último cumpleaños que pasó con su padre, justo antes de marchar a Francia, y descubría que vivía dada la gruesa lágrima que con dificultad transitaba su mejilla derecha.

Nunca se llevó bien con su madre, y apenas supo lo que le ocurrió a su padre, marchó de casa sin un rumbo específico. Un águila arpía en territorio de quetzales.

Él no estaba solo en la avenida. Estaba junto a Margarett y a Mike, dos chicos de su edad, y con quienes rápidamente hizo amistad al llegar a la nueva ciudad.

Margarett, con un cigarro en la boca, vió al afligido Pierrot y le preguntó:

— ¿Qué? ¿Otra vez pensando en tu padre?

Se limpiaba las mejillas y dijo:

— S-si. Ya se me pasará.
— Eso espero.
— Pasa el poro, estoy que me muero del frío.
— Aquí tienes, mini-héroe.

Pierrot sonrió. No fue en vano lo que arriesgó el padre para salvar a la señora, pues la valentía de Pierrot se observaba a leguas.

Un día, dos adultos empezaron a molestar a Margarett. Él la veía a lo lejos, pero se dio cuenta que las cosas no iban bien apenas empezaron a tocarla. Pierrot le dijo a Mike que tenían que hacer algo al respecto. Su plan era que Mike se llevara a Margarett mientras Pierrot distraía a los tipos, pero las cosas no salieron como esperaba. Mike pudo llevarse a la chica, pero a Pierrot lo agarraron y lo metieron en un callejón. Margarett y Mike estaban asustados, y cuando salieron los tipos del callejón, entraron. Pierrot estaba tirado en un basurero, con el rostro casi completamente rojo, las ropas rasgadas, y un hilo de sangre en su labio izquierdo.

— No se preocupen, ya sanará.

Luego contaría que los provocó para que no volvieran por los lares, y pensaba huir, pero le pegó a uno. Desde entonces, todos los chicos de la Avenida lo apodan, el mini-héroe.

En aquel callejón de la Goddfried Avenue, Pierrot y Margarett esperaban a Mike por algo de comida y el combustible para encender su tanque, y así olvidar el tema del frío por una noche más.

El tiempo pasaba, pero lo único que aumentó fue la angustia de ambos, pues Mike Nicholson jamás apareció.